
Fred Pariasca / Feb. 2008
A lo largo de su historia, la profesión periodística ha tenido una voluble relación de escarceos y distanciamientos con los poderes político y económico. En alguna medida, el periodismo está supeditado a las dinámicas del poder político y económico (eso no lo podemos negar) ya que al estar inmerso en la sociedad no puede escapar a ella. Idealizar ese rol es casi utópico, sino recordemos como en el gobierno de Alberto Fujimori, se llegó inclusive a vender la línea editorial de periódicos y canales de televisión. Es muy difícil negarlo… aunque debemos destacar sus eventuales intentos por mantenerse al margen de él.
Históricamente hablando, sabemos que en el siglo XVIII, la prensa centró su afán en contenidos meramente informativos, y para el siglo XIX orientó su perfil hacia causas políticas y disputas ideológicas de opinión, a partir del siglo XX empezó a manejarse como un espectacular escaparate para el entretenimiento, el impulso de los negocios, y claro para impulsar intereses políticos.
En otras palabras: en los últimos dos siglos, el periodismo ha estructurado su funcionamiento en torno de la política y el capital. Es bajo este argumento que resulta distante de la realidad, el hecho de la independencia de la prensa y su comprometida búsqueda de la verdad. La independencia de los medios informativos, es un reverendo mito. Siempre ha estado ligado a los intereses de los gobernantes de turno y de los propietarios de los medios.
Por ello, es extremadamente difícil ser un periodista totalmente independiente. Recordemos el Caso de César Hildebrandt por ejemplo. Nadie niega que es uno de los mejores periodistas del país (o quizá el mejor); sin embargo no está en ningún medio. Los canales de televisión le han cerrado las puertas, las radioemisoras se arriesgan a regañadientes y los periódicos esporádicamente publican sus escritos.
El periodismo siempre está expuesto a las presiones, condicionamientos y obstáculos de tres tipos de actores: los propios dueños de los medios masivos, por intereses extraperiodísticos, generalmente de carácter económico; los anunciantes cuyo poder actual es determinante para la sobrevivencia mediática; y el gobierno mediante la aplicación discrecional de la ley o a través del subsidio publicitario, que cada vez más se reduce a su mínima expresión.
La búsqueda de veracidad, el negocio y la política se entremezclan en el periodismo de hoy. Y cuando eso ocurre sin miramientos éticos, regularmente se ve amputada la veracidad…
Es duro y confrontacional, pero por amor a la profesión periodística y a la ética de nuestra vocación, debemos procurar ser veraces e independientes. Que la presión del poder nunca nos haga titubear… Es mejor dormir con los bolsillos vacíos y la conciencia tranquila, que con los bolsillos llenos pero azotados por la intranquilidad y el desasosiego.
